Bunker en vivo

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A 30 años de su estreno, se publica un libro sobre cómo se hizo
  • 7 de enero de 2021
En coincidencia con el 30 aniversario del film que con Robert De Niro, Ray Liotta y Joe Pesci, refundó el cine de gangsters clásico, acaba de aparecer en inglés Made men

Made men. También llamado swiseguys u “hombres de honor”. Mafiosos.Gangsters. “Desde que tengo memoria, siempre quise ser un gángster”, afirma Henry Hill en el comienzo de Buenos muchachos. La voz es la de Ray Liotta y el relato en off marca el comienzo de un viaje de ascenso y caída que recorre varias décadas en la vida del protagonista. Pero antes del “había una vez”, antes de las primeras zambullidas de Hill en las aguas del crimen, está la escena con la cual Martin Scorsese decidió abrir la adaptación del libro de Nicholas Pileggi Wiseguy: La vida en una familia mafiosa. Tres hombres atraviesan una carretera en plena noche cuando un ruido les llama poderosamente la atención. ¿Acaso atropellaron a algún animal? ¿Pincharon una llanta? Ante la duda, mejor detenerse. El ruido, claro, proviene del baúl del automóvil y para el espectador resulta claro que el emisor es un ser humano. Al levantar la puerta, alguien completamente bañado en su propia sangre pide disculpas y piedad, pero dos de los hombres que lo observan sorprendidos lo ultiman a cuchillazos y disparos a quemarropa. El mundo retratado por Buenos muchachos es violento e impiadoso y esa breve secuencia introductoria –que abre el film in medias res y será retomada bien avanzada la trama–, con su iluminación rojiza hiper saturada, presenta a los personajes “como si estuvieran a punto de ingresar en una chillona película de terror italiana”. La descripción pertenece al libro Made Men – The Story of Goodfellas, el libro del crítico cinematográfico y biógrafo Glenn Kenny recientemente publicado en idioma inglés. El lanzamiento editorial del volumen – cuyo autor ya había cubierto en detalle la vida y carrera de uno de los actores protagónicos en su anterior esfuerzo, Anatomy of an Actor: Robert De Niro– se dio en simultáneo con el 30° aniversario del estreno de Buenos muchachos, el largometraje de Scorsese que se impuso, al mismo tiempo, como relectura y refundación del cine de gangsters clásico, que supo tomar por asalto las salas de cine de los Estados Unidos a comienzos de los años 30. Siguiendo los lineamientos esenciales de los vertiginosos relatos de gloria y caída en desgracia de los criminales más glamorosos –operación similar a la que había desarrollado Brian de Palma en la remake de Caracortada (1983)–, el director de Taxi DriverLa edad de la inocencia creó un clásico instantáneo, recibido en gran medida por la aceptación crítica y popular. Aunque no fueron pocas las voces que señalaron, de inmediato, una supuesta superficialidad a la hora de transformar el crimen y la violencia en una historia demasiado excitante y atractiva. Críticas muy similares a las que, sesenta años antes, recibían los títulos fundantes de un género cinematográfico duro de matar.

Cinéfilo empedernido y santo patrón de la conservación del acervo fílmico universal, Marty Scorsese ha detallado infinidad de veces los placeres nada culpables de descubrir, durante la pubertad, las películas que le dieron forma y estilo a los relatos de gángsteres. El pequeño César, de Mervyn LeRoy, y El enemigo público, de William Wellman –las dos de 1931; ambas producciones de Warner Bros., la misma compañía que produjo Buenos muchachos– sentaron las bases de todo lo que vendría después, transformando a sus protagonistas, respectivamente Edward G. Robinson y James Cagney, en la quintaesencia del aspecto gansteril en pantalla. Con el estreno de Scarface, de Howard Hawks, un año más tarde, la santa trinidad del crimen cinematográfico se afirmaba como modelo a seguir de allí en más. En los tres casos, los guiones estaban basados, más o menos libremente, en las noticias policiales que todos los días eran impresas en letra de molde en los periódicos. Días en los cuales la ley del más fuerte provocada por la Ley Seca tenía su corolario más violento en tiempos de depresión económica. Esos criminales duros e hiperviolentos, pero enormemente atractivos –dueños de los autos más caros, las mansiones más lujosas y las mujeres más bellas– se convirtieron rápidamente en antihéroes venerados por una porción de la audiencia. Dicen que, en la vida real, el crimen nunca paga. En la gran pantalla, en cambio, las cosas son diferentes. Cuenta la leyenda que Scorsese se interesó por el libro Wiseguy luego de su publicación en 1986, y las primeras conversaciones para llegar a un acuerdo de adaptación comenzaron en aquel momento. Marty, sin embargo, tenía un proyecto de realización inmediata, El color del dinero, al tiempo que la soñada traslación a la pantalla de La última tentación de Cristo, el polémico volumen de Nikos Kazantzakis, parecía estar más cerca que nunca. Amén de otras empresas relativamente más sencillas, como participar del film colectivo Historias de Nueva York, junto a Francis Ford Coppola y Woody Allen, y colaborar con Michael Jackson en el videoclip promocional del tema “Bad”. El submundo criminal, ese universo que el realizador había descrito de manera tangencial en Calles salvajes y, en menor medida, Toro salvaje, tuvo que esperar unos años más. La espera valdría la pena.

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